¿Sabe qué es lo mejor de bajarse el visor del casco? Que ahí adentro no importan los estratos, ni el saldo de la cuenta, ni en qué trabaja uno de lunes a viernes. Ahí adentro solo somos la máquina, el camino y nosotros porque entendemos que andar en dos ruedas no es un método de transporte; es una bendición y una descarga de emoción que no se puede explicar en un catálogo técnico.
Este espacio es para usted.
Es para usted que sale a trabajar todos los días, que se ensucia las manos tensionando la cadena y que cuida su moto como el tesoro más grande. Pero también es para usted, que hoy ve pasar las motos con nostalgia porque le tocó vender la suya por una mala racha, o porque la vida se la quitó de las manos. Si está a pie, este texto es para que le meta ganas, ahorre el primer peso, pida el préstamo o busque la forma, pero vuelva a montar. La carretera lo está esperando y el puesto no se pierde. Y si usted nunca ha tenido una pero le pican las manos cada vez que escucha un motor, hermano, bienvenido: compre la que le alcance, pero empiece ya.
Aquí nos quitamos las etiquetas. El asfalto no discrimina. Nos da exactamente igual si usted anda en una NKD de combate urbano o en una BMW devoradora de continentes. Al final del día, las dos ruedas sirven para lo mismo: para hacernos sentir libres. Las dos se inclinan en la curva, a las dos les cae el mismo aguacero y las dos sienten la misma adrenalina.
Es más, seamos honestos: tragarse un malp… bache en plena Avenida con la ciudad encima a las seis de la tarde, duele en el alma casi lo mismo que comerse un hueco en la mitad de la trocha en plena aventura. La suspensión sufre igual, el susto se siente en las costillas por igual y la respectiva put… dentro del casco suena idéntica. Es el mismo pulso, la misma afición.
Rodar es complicidad. Es cruzar la mirada en un semáforo con un desconocido, levantar dos dedos de la mano izquierda en la carretera y saber que, si a alguno se le apaga la máquina en la berma, el otro va a frenar a dar una mano o a compartir de su gasolina. No importa el cilindraje, importa la hermandad.
Así que acomódese, tómese un café y prepárese. Da lo mismo si su tablero marca cero porque está nueva, o si ya va por la segunda vuelta del odómetro. Suba los cambios, suelte el embrague y ruede con amor, que este camino apenas comienza.
Nos vemos en la siguiente curva.
